Reclamo la savia de tu cuerpo
NATXO
EDICIONES IBERICAS
LA CRITICA LITERARIA
Y las sombras se abrieron otra vez y mostraron un cuerpo:
tu pelo, otoño espeso, caída de agua solar,
tu boca y la blanca disciplina de sus dientes caníbales, prisioneros en llamas,
tu piel de pan apenas dorado y tus ojos de azúcar quemada,
sitios en donde el tiempo no transcurre,
valles que sólo mis labios conocen,
desfiladero de la luna que asciende a tu garganta entre tus senos,
cascada petrificada de la nuca,
alta meseta de tu vientre,
plata sin fin de tu costado.
tus ojos son los ojos fijos del tigre
y un minuto después son los ojos húmedos del perro.
Siempre hay abejas en tu pelo.
Tu espalda fluye tranquila bajo mis ojos
como la espalda del río a la luz del incendio.
Aguas dormidas golpean día y noche tu cintura de arcilla
y en tus costas, inmensas como los arenales de la luna,
el viento sopla por mi boca y su largo quejido cubre con sus dos alas grises
la noche de los cuerpos,
como la sombra del águila la soledad del páramo.
Las uñas de los dedos de tus pies están hechas del cristal del verano.
Entre tus piernas hay un pozo de agua dormida,
bahía donde el mar de noche se aquieta, negro caballo de espuma,
cueva al pie de la montaña que esconde un tesoro,
boca del horno donde se hacen las hostias,
sonrientes labios entreabiertos y atroces,
nupcias de la luz y la sombra, de lo visible y lo invisible
(allí espera la carne su resurrección y el día de la vida perdurable)
Patria de sangre,
única tierra que conozco y me conoce,
única patria en la que creo,
única puerta al infinito.


Esmaltando la oscura presencia de la casa,
merodeando el silencio candente de los libros
emergieron los muslos de la mujer dormida:
dos lingotes de fiebre
desollando al invierno.
Las paredes atónitas lo comprendieron todo,
afuera los jardines gemían de impaciencia.
Luna,
hierba,
silbidos,
y vibrando nerviosos los pétalos resecos,
adustos comensales que latían y ardían
en los magros contornos de la noche minúscula.
Y dormida,
dormida,
con el brazo tajando el lecho vaporoso,
con el cabello abierto como red de tormenta,
con todas las esquinas limadas de su cuerpo.
Y dormida,
dormida,
hablaba más que el viento,
que las palabras sueltas que hoy quieren definirla,
que la música errante que aceraba sus piernas.
Afuera los jardines bullían de impaciencia.
